Les dejo mi primera tarea del taller de creación literaria al que asisto. Es otro cuento que puede incluirse dentro de mi "historia del futuro". Sus críticas son bienvenidas. Espero que lo disfruten.
Terence
Pal disfrutaba de la sensación del papel entre sus manos mientras
leía el primer volumen de la edición de aniversario, publicado en
el comienzo del séptimo milenio, de la Enciclopedia de la Historia
de las Especies Humanas. Pasaba las páginas con delicadeza, como si
éstas pudiesen deshacerse con el simple contacto de sus manos. Ése
primer volumen estaba dedicado a la Vieja Tierra, y Pal miraba las
ilustraciones, fotografías y mapas satelitales que se habían
conservado desde hacía mucho tiempo cuando la humanidad colonizó
Prometeo. Miró una de las imágenes por varios minutos: el globo de
la Tierra colgando en el oscuro espacio.
Luego
desvió su atención hacia los datos en la pantalla, que le mostraba
el ordenador principal. Estaba cerca del planeta que debía explorar
y pronto entraría en órbita estacionaria, aunque no se había
molestado en mirar las imágenes de la vista del planeta desde su
nave. Luego analizaría las imágenes. Con cierta repulsión miró
los parámetros: masa tal, diámetro tal, análisis espectroscópico
con tales abundancias de elementos, sin satélites naturales...
Comenzó a escribir la primera parte de su reporte. Tenía que
entregar un informe a la Comisión de Exploración de la Alianza de
Naciones cada vez que visitaba un planeta, mencionando desde las
características generales hasta qué se había encontrado en su
superficie.
La
nave estableció una órbita estacionaria y Terence comenzó a
calzarse las botas y a vestirse. Colocó el volumen de la
Enciclopedia en un estante junto a otros libros impresos en celulosa
y cruzó el pequeño pasillo que terminaba en una puerta, abrió la
puerta y se introdujo a la cabina de la nave de descenso. Al cerrarla
sintió que se le taponaban los oídos. Posiblemente esa sería la
centésima vez que repetía el proceso. Escuchó un siseo al
desacoplarse la pequeña nave y ésta comenzó a moverse con
dirección al planeta. Al irse acercando, los escudos térmicos se
fueron calentando, primero muy lentamente en las altas capas de la
atmósfera enrarecida y luego más. Modificó el ángulo de ataque
para evitar el sobrecalentamiento.
Algunos
minutos después la nave activó los retrocohetes y fue frenando
hasta posarse con suavidad en el inmenso océano, cerca de una línea
de costa.
Terence
miró la pantalla y acercó la toma. Observó una fila de estructuras
bien definidas que bordeaban toda la costa. La luz de la estrella
madre les daba de frente y las hacía relucir. Al acercar aún más
la vista notó que eran edificios, metal y vidrio, aunque por su
aspecto parecían que no habían sido habitados durante mucho tiempo.
Eso sería un incentivo para ir a investigar y entregar el informe.
Programó a un insectoide y lo echó a vuelo. El artefacto se elevó
y fue hacia la derruida ciudad. Mientras tanto, él también levantó
el vuelo con su nave. En camino hacia las estructuras recibió los
primeros datos del insectoide, éste portaba cámaras térmicas y
detectó varias presencias de sangre caliente dentro de los edificios
y en el espesa bosque que los rodeaba.
La
nave de Terence sobrevoló la ciudad. Vio correr manadas de animales
de un lado a otro. Desde las alturas, el bosque parecía extenderse
por kilómetros, llenando todos los espacios entre los edificios y
trepando por los rascacielos.
De
entre todos los edificios destacaba uno, el más alto de ellos, y
Terence Pal dirigió su nave hacia él. El último piso del edificio
era un aeródromo que tenía pintados grandes caracteres de algún
lenguaje claramente humano aunque desconocido, trazos ahora pálidos
por el tiempo, que también había derruido todo lo demás. Pero no
podía descender allí, tal vez sería imposible bajar por el
interior del edificio. Descendió en el suelo, luego de pasar con
cuidado entre las copas de los árboles, frente al rascacielos. Las
raíces de los árboles levantaban el concreto y la nave no quedó
del todo horizontal al posarse.
Terence
había leído en el análisis atmosférico que los niveles de oxígeno
eran aptos para respirar sin dificultad, además otros factores no lo
dañarían. Aún así antes de salir recubrió su cuerpo con una
película transparente que sustituía a los trajes espaciales de
antaño, y tragó un par de cápsulas de oxígeno que se fueron
disolviendo lentamente dentro de sus pulmones. En el pasado esa
ciudad debía de haber estado habitada pero todo indicaba que ahora
no lo estaba. Los signos de la ausencia de civilización estaban por
todas partes y eran fácilmente reconocibles para los ojos entrenados
de Terence. Las personas habían desaparecido por alguna razón y no
quería enterarse de una mala manera del por qué.
La
visión de Pal era cubierta por una cortina de árboles frente y
sobre de él. Algunos rayos de luz de la estrella madre apenas
alcanzaban a filtrarse entre las hojas. Se acercó a lo que parecía
ser la puerta principal del rascacielos, dos placas de vidrio que
parecían abrirse hacia dentro con sólo ejercer cierta presión,
pero las puertas no cedieron. Vio, a través de los vidrios sucios,
que la vegetación había encontrado la manera de meterse al edificio
y crecía desde dentro, trabando la puerta.
Sintió
vibrar ligeramente el suelo bajo sus pies y escuchó un débil
zumbido, como de aire siendo desplazado. El ruido venía desde dentro
del denso y oscuro bosque. Regresó a su nave y decidió que
continuaría la exploración por aire.
Hizo
avanzar la nave hacia donde había escuchado el ruido. Los micrófonos
externos de la nave amplificaban los sonidos; el murmullo de animales
y del viento llegaban a los oídos de Terence. Desde allí identificó
a algunas de las especies de bestias que vagaban en las cercanías.
Recordó algunas fotografías de la Enciclopedia, sobre especies
originarias de la Vieja Vieja Tierra que habían sido genéticamente
adaptadas a las condiciones de otros planetas colonizados. Estas que
corrían debajo de él no parecían haber sido modificadas
sustancialmente, dado que el clima de ese planeta era similar al que
los registros históricos describían como el clima de la Tierra.
Terence
recibió los datos de los insectoides. El insectoide original había
encontrado las materias primas para autoduplicarse y ahora ya eran
cientos los insectoides que volaban sobre la ciudad recolectando
datos, y varios de ellos ya comenzaban a explorar las zonas aledañas.
En una semana más el número de insectoides sería el óptimo para
explorar a detalle la superficie entera del globo. Todo indicaba que
no había ninguna presencia humana en las cercanías.
Pal
sabía que después de entregar su informe a la Comisión no pasaría
más de un lustro para que el planeta empezara a recibir a la
población excedente de otros sistemas y se poblase con millones de
ellos, desembarcando cada semana en naves crucero. Pero antes de eso,
los antropólogos tendrían mucho trabajo que hacer para reconstruir
las características de la sociedad que había habitado ese planeta.
Aunque
cabía la posibilidad de que el planeta aún estuviese poblado. Quizá
incluso por la población original. O por otro factor. Todo el tiempo
se daban desplazamientos humanos de un sistema a otro, y no todos
eran registrados legalmente. Mundos que no estaban dentro de la
Alianza de Naciones y que aún no habían sido explorados formalmente
estaban realmente habitados por alguna o varias especies humanas que
llegaban a desarrollar sociedades supertecnológicas. Si el planeta
estaba habitado o no, era algo que difícilmente podría saberse en
una primera exploración.
Descubrió
la fuente del sonido como de un fuerte viento que había escuchado
antes, y al ver lo que lo producía le sorprendió. Ruido y
movimiento entre toda esa calma y silencio sólo interrumpido por los
rugidos y chillidos de las bestias. Esta era una bestia también,
pero mecánica. Una extraña masa de metal, semicilíndrica y muy
larga, desplazándose por unas vías paralelas sujetas al suelo. Un
tren, un medio de transporte muy usado cuatro milenios atrás.
Pal
hizo bajar la nave hasta muy cerca de la fila de las ventanillas del
tren. Estaba estático en el aire mientras la bestia mecánica
pasaba. No parecía haber nadie dentro, los asientos estaban vacíos,
y el sensor vital se lo confirmó: estaba vacío. Los sensores le
mostraron que el vehículo se movía a más de 400 kilómetros por
hora. Unos segundos después sólo vio la parte trasera del tren
alejarse, flotante a pocos centímetros sobre las vías. Pensó en
seguirlo, pero su nave no estaba diseñada para alcanzar tal
velocidad. Decidió que sería importante saber a dónde iba pero ya
tendría el tiempo suficiente para hacerlo. Sólo seguiría las vías.
Cabía
la posibilidad de que el tren transportara pasajeros. No era nada
raro para él, de los planetas que había visitado, a lo largo de
todo su servicio de exploración, y que no figuraban dentro de los
registros, en no pocos era recibido por ciudadanos alegres, y otras
veces hostiles, que parecían estar acostumbrados a los visitantes.
Aunque eso hacía el trabajo más complicado. Si había tales
habitantes, tenía que constar en el informe.
Pal
descendió de su aeromóvil y permaneció a un lado de las vías,
mirando las líneas paralelas que a lo lejos, hacia su izquierda y
derecha, parecían tocarse en el punto del horizonte. Las copas de
los árboles formaban un túnel a su alrededor, excepto
inmediatamente por encima del recorrido del tren.
Miró
el cielo, de un azul como había visto en pocos mundos. Permaneció
con la cabeza hacia arriba por varios minutos, viendo de vez en
cuando algunas aves pasar, y las algodonadas nubes deshaciéndose
lentamente. Hasta que una voz que no era de hombre ni de mujer lo
sobresaltó:
—¿Puedo
llevarlo a algún lugar? —dijo la voz.
Miró
hacia uno y otro lugar y vio algo flotando sobre las vías. Era algo
parecido a una cabina alargada, algún tipo de vehículo más pequeño
que su aeromóvil, de ventanas transparentes y un par de asientos en
el interior.
Terence
Pal se acercó con cuidado a las vías, teniendo precaución de no
tocarlas. Examinó el extraño vehículo con atención.
—¿No
eres nativo de este planeta, cierto? —le preguntó el vehículo con
la misma voz asexuada.
Terence
palpó el metal y plástico que conformaban en vehículo. Algunas
partes de la estructura ya estaban oxidadas y rotas, y los asientos
parecían que en otro tiempo habían tenido algún tipo de forro,
pero éste se había desintegrado dejando un polvo amarillento, y los
cojines tenían grandes agujeros y arañazos y mordiscos de animal.
—No
—respondió Terence. Al hablar no expulsaba ni tragaba aire por su
boca ni nariz, sino que hacía vibrar una membrana dentro de su
garganta. La membrana también estaba recubierta con parte del traje
espacial, como el resto de su cuerpo, así no había ningún contacto
con algún agente externo a él, excepto con el traje. Pensó un
momento antes de formular una pregunta—: ¿Hay pobladores en esta
zona? Acabo de llegar a este lugar y... —se encontró dándole
explicaciones a una máquina, casi un pedazo de chatarra.
—No.
No hay personas en este lugar —respondió el vehículo—, excepto
tú. Y como único humano presente, estoy para servirte.
—¿No
hay personas, sólo en esta ciudad o en el planeta entero?
—En
el planeta entero —dijo el vehículo casi como un eco.
Terence
se estremeció.
—¿Desde
cuándo no hay humanos en este planeta? —preguntó, y su voz tembló
un poco.
—Desde
que algunos extranjeros llegaron y asesinaron a los sobrevivientes.
La población de este planeta era de un poco más de un millón y
medio en el año dos mil cuatrocientos según la cronología
estándar.
Terence
activó, mediante un flujo voluntario de sustancias desde su cerebro,
una grabadora de audio y video que usaba como receptores sus propios
oídos y ojos, y comenzó a registrar lo que ocurría. Le parecía
que no debía de perderse cada palabra que mencionaba el vehículo.
La información se grababa en nanomáquinas que corrían por su
torrente sanguíneo.
—¿A
qué te refieres con extranjeros? —preguntó Terence.
—Humanos
de otro sistema.
—Eso
fue hace cuatro mil años. ¿De dónde viene la energía con la cual
operas?
—De
la central eléctrica autónoma —respondió la voz asexuada—, a
un kilómetro de aquí.
—¿Puedes
contarme sobre los hombres que habitaron este planeta? —sus ojos se
abrieron mucho. Esa parte del trabajo le correspondía a los que
vendrían después, a los que indagarían entre las ruinas del
planeta.
—Puedo
hacerlo —respondió el vehículo—, si así lo deseas. ¿Pero
prefieres charlar mientras recorres la ciudad? Puedo darte un paseo.
Terence
Pal, primero con desconfianza y luego con convicción, subió al
vehículo y se sentó sobre uno de los rotos asientos. Al dejarse
caer sintió un mareo que le nubló la vista un momento. Pronto se
recuperó pero permaneció una cierta sensación de nausea. El
vehículo se empezó a mover y Pal vio el paisaje correr junto a él.
—¿Cómo
sabes estas cosas? —preguntó Pal—. ¿Tienes acceso a un sistema
de datos?
—Pertenezco
al sistema de transporte planetario —respondió el vehículo—.
Los habitantes de este planeta no sólo acostumbraban hablar con
otras personas sino también con sus máquinas. Durante todo mi
servicio llevé a setecientas cuarenta mil trescientos noventa y seis
personas de un lugar a otro dentro y fuera de esta ciudad, muchas de
esas personas en más de una ocasión. El setenta y tres por ciento
de todos ellos sentían una necesidad psicológica de hablar con
alguien durante sus recorridos. Por lo que me contaron muchos de
ellos, antes de que hubiese transporte robótico los humanos servían
como conductores y sus pasajeros tendían a hablar con el conductor,
así que esa costumbre y necesidad psicológica permaneció. Todo lo
que sé lo sé por lo que todas esas personas me contaron y le
contaron a todas las demás unidades de transporte en el mundo
entero. Nuestra información es compartida y permanece en la memoria
global.
Todo
parecía tan etéreo, como un sueño. En sus décadas de servicio a
la exploración del espacio, de los planetas potencialmente
habitables, no se había encontrado con nada así. Ahora se hallaba
con una máquina que sería la envidia de los antropólogos. La
historia de ese planeta podría reconstruirse con gran detalle. Una
civilización desaparecida cuando el ser humano apenas comenzaba a
expanderse por el universo. Quizá se trataba de uno de los primeros
planetas colonizados.
Terence
guardó silencio y dictó mentalmente parte del informe que
entregaría a la Comisión. El dictado se guardaba digitalmente en
una sección de su corteza cerebral, que sería descargada cuando
hubiese regresado a su planeta.
Admiró
el paisaje por la ventana.
—¿Y
cuándo llegó el hombre a este planeta? —preguntó Pal.
—La
humanidad estuvo aquí desde que surgió como humanidad —fue la
respuesta que recibió.
Terence
Pal sintió que le faltaba la respiración. Las cosas se volvían
borrosas a su alrededor. Sintió algo en su pantorrilla derecha y vio
lo que era. Había un rasguño en su traje espacial ultradelgado. La
rasgadura llegaba hasta su propia piel. Sintió que iba a
desmallarse. ¿Cuándo había ocurrido aquéllo?
—Observo
un comportamiento extraño en usted —dijo la voz asexuada—. ¿Se
siente bien?
Terence
dio una orden a sus pulmones para que aumentaran la tasa de
desintegración de las pastillas de oxígeno.
¿Qué
había dicho el vehículo?
El
hombre, el hombre había surgido en ese planeta.
Luego
Terence habló:
—Médico
—su voz sonó muy débil, como un suspiro; la membrana de su
garganta hizo vibrar sólo ligeramente el aire circundante. Se
inclinó sobre sí mismo.
—Lo
siento —dijo el vehículo—, no hay servicios médicos.
Dentro
del cuerpo de Terence, los elementos simbióticos de glóbulos blancos
y nanorobots comenzaron a atacar al virus que irrumpía dentro de él,
pero éste último infectaba demasiado rápido a las células de todo
el organismo. El tejido infectado era cada vez mayor.
Terence
sacó fuerzas para preguntar:
—Has
dicho que la humanidad surgió en este planeta. ¿Este planeta es la
Tierra?
La
respuesta vino casi de inmediato:
—Así
era llamado por sus habitantes. Tierra.
Terence
sabía que en toda la galaxia, que para ese tiempo ya había sido
conquistada y cartografiada en un 13 por ciento por todas las
especies humanas, había más de 70 planetas cuyo nombre oficial era
Tierra, y todas esas naciones reclamaban su título. Era una situación que la Alianza de
Naciones quería evitar renombrando aquellos planetas que decían ser
la verdadera Vieja Vieja Tierra.
—No
hay Luna —dijo Terence con voz casi inaudible, pero el vehículo lo
escuchó a la perfección.
—La
Luna de la Tierra fue convertida en una gran nave espacial y
propulsada al espacio medio siglo antes de que el hombre dejara de
caminar sobre este planeta.
¿Cómo
sé que dices la verdad?, pensó, pues ya se le hacía imposible
articular palabra alguna. ¿Qué me asegura que este planeta es la
Tierra?
Y
entonces pensó en la información que estaba a su propia
disposición.
Terence
accedió a los datos de la nave principal que había dejado en órbita
estacionaria, y éstos se descargaron como un torrente en sus nervios
ópticos. Eran las imágenes que había no deseado ver, para no
encontrarse con una geografía desconocida que no evocara en él más
que un suspiro de resignación, pero lo que realmente le revelaban
eran los contornos de los continentes tal y como él los había visto
en los mapas que se conservaban de la Tierra.
Terence
sonrió y miró por la ventana. Todo este tiempo sólo había
conocido de ella datos estadísticos y unas pocas fotografías y
grabaciones, pero ahora estaba en ella, rodeado de ella. Con su dedo
índice tecleó sobre su muñeca izquierda la combinación indicada
para quitarse el traje. El recubrimiento ultradelgado de su cuerpo
cambió la polarización de sus moléculas y Terence comenzó a
desgarrar el traje con sus uñas. Era como si se arrancara una piel
trasparente, del cuello, de la cara.
Dio
una profunda bocanada de aire cuando sus conductos respiratorios
estuvieron libres. Era aire, aire de la Tierra. Había un suave olor
a humedad y a vida. Se acercó a la ventana para sentir el viento
correr por su rostro.
Había
visitado docenas de planetas, cumpliendo un trabajo necesario para el
futuro de las especies humanas, pero ninguno de esos planetas era el
que realmente anhelaba. Y ahora estaba allí. La Cuna del Hombre, la
Vieja Vieja Tierra, de la que se habían contado mil y un leyendas
pero de la que muy poco se sabía con certeza.
Sólo
se lamentó de que ya no podría llevar su informe a la Alianza de
Naciones y decirles: “miren lo que he encontrado, habían buscado
esto por mucho tiempo y allí está, flotando en el espacio donde
siempre estuvo”.
Sintió
que el mundo se desvanecía.
El
vehículo de transporte siguió su recorrido sobre las vías
magnéticas del tren. Las islas de viejos edificios se asomaban por
encima de las copas de los árboles más altos. Más allá, el mundo
rebosaba en vida, ya sin la presencia, sólo vestigios, de la
inteligencia que vio nacer, excepto por un viajero de cien mundos,
que al fin había encontrado su verdadero hogar.
Muy buen texto, Damián. Tu estilo se va volviendo cada vez más depurado, te permites jugar más con las palabras, ser más creativo, poético. Eso es bueno, ya que el arte de narrar historias va más allá de la simple redacción. También me parecen notables los adelantos tecnológicos que imaginas, además de ser muy coherentes. Me imagino que esa es una de las ventajas de estudiar física.
ResponderEliminarSolo me costó entender el motivo de la muerte de Terence. Sé que fue un virus, pero ¿por qué? ¿cual es la relación con el estado en que se encuentra el planeta?
Espero tu respuesta.
Saludos.
Yo también sentí que la historia adolece de una explicación de la naturaleza del virus. No explico eso y creo que ganaría fuerza al argumentarlo. Pues es un virus que afecta a humanos, que trajeron los extranjeros de los que habla el vehículo. Gracias por el comentario. En la página lo dejaré así como está pero explicaré mejor esa parte. Y sí, estudiar física tiene ciertas ventajas en cuanto a que la imaginación se basa en cosas que uno sabe, y si se tiene un cierto marco de lo que es físicamente permisible (y lo que no) las ideas pueden aprovecharse mejor.
EliminarSaludos! :D
¿Si en un relato surgen cosas que no son físicamente permisibles, no debería llamarse ciencia-ficción? Estrictamente hablando debería encuadrarse como relato fantástico, pero creo que muchas veces se utilizan cosas no permisibles porque lo importante del relato no es la cosa en sí, sino las reacciones,las consecuencias psicológicas,políticas, poéticas, o lo que sea que el autor quiere exponer.
ResponderEliminarBueno,me temo que no me he explicado muy bien, pero creo que me entenderás.
En todo caso, buen relato. A mi me parece que está claro que algún tipo de virus traído por los "extranjeros" es el que mata al protagonista. Lo que me extraña es que su sofisticado equipo no lo haya detectado antes de salir a recorrer el planeta.
Creo entender lo que dices. Philip K. Dick se ha catalogado como un autor de Ciencia-Ficción blanda. Una de las características de sus historias es que incluía Ciencia en ellas pero ésta quedaba en segundo plano, pues su intención era abordar algún aspecto psicológico, sociológico, político, etc. Y eso sigue siendo Ciencia-Ficción.
EliminarQué bueno que te gustara. Javier me dijo que ese punto no estaba tan claro, tú me dices que sí lo está. Espero que alguien más comente para darme una visión más general.
Saludos!