marzo 16, 2012

El último de los destinos

Les dejo mi primera tarea del taller de creación literaria al que asisto. Es otro cuento que puede incluirse dentro de mi "historia del futuro". Sus críticas son bienvenidas. Espero que lo disfruten.

Terence Pal disfrutaba de la sensación del papel entre sus manos mientras leía el primer volumen de la edición de aniversario, publicado en el comienzo del séptimo milenio, de la Enciclopedia de la Historia de las Especies Humanas. Pasaba las páginas con delicadeza, como si éstas pudiesen deshacerse con el simple contacto de sus manos. Ése primer volumen estaba dedicado a la Vieja Tierra, y Pal miraba las ilustraciones, fotografías y mapas satelitales que se habían conservado desde hacía mucho tiempo cuando la humanidad colonizó Prometeo. Miró una de las imágenes por varios minutos: el globo de la Tierra colgando en el oscuro espacio.
     Luego desvió su atención hacia los datos en la pantalla, que le mostraba el ordenador principal. Estaba cerca del planeta que debía explorar y pronto entraría en órbita estacionaria, aunque no se había molestado en mirar las imágenes de la vista del planeta desde su nave. Luego analizaría las imágenes. Con cierta repulsión miró los parámetros: masa tal, diámetro tal, análisis espectroscópico con tales abundancias de elementos, sin satélites naturales... Comenzó a escribir la primera parte de su reporte. Tenía que entregar un informe a la Comisión de Exploración de la Alianza de Naciones cada vez que visitaba un planeta, mencionando desde las características generales hasta qué se había encontrado en su superficie.
     La nave estableció una órbita estacionaria y Terence comenzó a calzarse las botas y a vestirse. Colocó el volumen de la Enciclopedia en un estante junto a otros libros impresos en celulosa y cruzó el pequeño pasillo que terminaba en una puerta, abrió la puerta y se introdujo a la cabina de la nave de descenso. Al cerrarla sintió que se le taponaban los oídos. Posiblemente esa sería la centésima vez que repetía el proceso. Escuchó un siseo al desacoplarse la pequeña nave y ésta comenzó a moverse con dirección al planeta. Al irse acercando, los escudos térmicos se fueron calentando, primero muy lentamente en las altas capas de la atmósfera enrarecida y luego más. Modificó el ángulo de ataque para evitar el sobrecalentamiento.
     Algunos minutos después la nave activó los retrocohetes y fue frenando hasta posarse con suavidad en el inmenso océano, cerca de una línea de costa.
     Terence miró la pantalla y acercó la toma. Observó una fila de estructuras bien definidas que bordeaban toda la costa. La luz de la estrella madre les daba de frente y las hacía relucir. Al acercar aún más la vista notó que eran edificios, metal y vidrio, aunque por su aspecto parecían que no habían sido habitados durante mucho tiempo. Eso sería un incentivo para ir a investigar y entregar el informe. Programó a un insectoide y lo echó a vuelo. El artefacto se elevó y fue hacia la derruida ciudad. Mientras tanto, él también levantó el vuelo con su nave. En camino hacia las estructuras recibió los primeros datos del insectoide, éste portaba cámaras térmicas y detectó varias presencias de sangre caliente dentro de los edificios y en el espesa bosque que los rodeaba.
     La nave de Terence sobrevoló la ciudad. Vio correr manadas de animales de un lado a otro. Desde las alturas, el bosque parecía extenderse por kilómetros, llenando todos los espacios entre los edificios y trepando por los rascacielos.
     De entre todos los edificios destacaba uno, el más alto de ellos, y Terence Pal dirigió su nave hacia él. El último piso del edificio era un aeródromo que tenía pintados grandes caracteres de algún lenguaje claramente humano aunque desconocido, trazos ahora pálidos por el tiempo, que también había derruido todo lo demás. Pero no podía descender allí, tal vez sería imposible bajar por el interior del edificio. Descendió en el suelo, luego de pasar con cuidado entre las copas de los árboles, frente al rascacielos. Las raíces de los árboles levantaban el concreto y la nave no quedó del todo horizontal al posarse.
     Terence había leído en el análisis atmosférico que los niveles de oxígeno eran aptos para respirar sin dificultad, además otros factores no lo dañarían. Aún así antes de salir recubrió su cuerpo con una película transparente que sustituía a los trajes espaciales de antaño, y tragó un par de cápsulas de oxígeno que se fueron disolviendo lentamente dentro de sus pulmones. En el pasado esa ciudad debía de haber estado habitada pero todo indicaba que ahora no lo estaba. Los signos de la ausencia de civilización estaban por todas partes y eran fácilmente reconocibles para los ojos entrenados de Terence. Las personas habían desaparecido por alguna razón y no quería enterarse de una mala manera del por qué.
     La visión de Pal era cubierta por una cortina de árboles frente y sobre de él. Algunos rayos de luz de la estrella madre apenas alcanzaban a filtrarse entre las hojas. Se acercó a lo que parecía ser la puerta principal del rascacielos, dos placas de vidrio que parecían abrirse hacia dentro con sólo ejercer cierta presión, pero las puertas no cedieron. Vio, a través de los vidrios sucios, que la vegetación había encontrado la manera de meterse al edificio y crecía desde dentro, trabando la puerta.
     Sintió vibrar ligeramente el suelo bajo sus pies y escuchó un débil zumbido, como de aire siendo desplazado. El ruido venía desde dentro del denso y oscuro bosque. Regresó a su nave y decidió que continuaría la exploración por aire.
     Hizo avanzar la nave hacia donde había escuchado el ruido. Los micrófonos externos de la nave amplificaban los sonidos; el murmullo de animales y del viento llegaban a los oídos de Terence. Desde allí identificó a algunas de las especies de bestias que vagaban en las cercanías. Recordó algunas fotografías de la Enciclopedia, sobre especies originarias de la Vieja Vieja Tierra que habían sido genéticamente adaptadas a las condiciones de otros planetas colonizados. Estas que corrían debajo de él no parecían haber sido modificadas sustancialmente, dado que el clima de ese planeta era similar al que los registros históricos describían como el clima de la Tierra.
     Terence recibió los datos de los insectoides. El insectoide original había encontrado las materias primas para autoduplicarse y ahora ya eran cientos los insectoides que volaban sobre la ciudad recolectando datos, y varios de ellos ya comenzaban a explorar las zonas aledañas. En una semana más el número de insectoides sería el óptimo para explorar a detalle la superficie entera del globo. Todo indicaba que no había ninguna presencia humana en las cercanías.
     Pal sabía que después de entregar su informe a la Comisión no pasaría más de un lustro para que el planeta empezara a recibir a la población excedente de otros sistemas y se poblase con millones de ellos, desembarcando cada semana en naves crucero. Pero antes de eso, los antropólogos tendrían mucho trabajo que hacer para reconstruir las características de la sociedad que había habitado ese planeta.
     Aunque cabía la posibilidad de que el planeta aún estuviese poblado. Quizá incluso por la población original. O por otro factor. Todo el tiempo se daban desplazamientos humanos de un sistema a otro, y no todos eran registrados legalmente. Mundos que no estaban dentro de la Alianza de Naciones y que aún no habían sido explorados formalmente estaban realmente habitados por alguna o varias especies humanas que llegaban a desarrollar sociedades supertecnológicas. Si el planeta estaba habitado o no, era algo que difícilmente podría saberse en una primera exploración.
     Descubrió la fuente del sonido como de un fuerte viento que había escuchado antes, y al ver lo que lo producía le sorprendió. Ruido y movimiento entre toda esa calma y silencio sólo interrumpido por los rugidos y chillidos de las bestias. Esta era una bestia también, pero mecánica. Una extraña masa de metal, semicilíndrica y muy larga, desplazándose por unas vías paralelas sujetas al suelo. Un tren, un medio de transporte muy usado cuatro milenios atrás.
     Pal hizo bajar la nave hasta muy cerca de la fila de las ventanillas del tren. Estaba estático en el aire mientras la bestia mecánica pasaba. No parecía haber nadie dentro, los asientos estaban vacíos, y el sensor vital se lo confirmó: estaba vacío. Los sensores le mostraron que el vehículo se movía a más de 400 kilómetros por hora. Unos segundos después sólo vio la parte trasera del tren alejarse, flotante a pocos centímetros sobre las vías. Pensó en seguirlo, pero su nave no estaba diseñada para alcanzar tal velocidad. Decidió que sería importante saber a dónde iba pero ya tendría el tiempo suficiente para hacerlo. Sólo seguiría las vías.
     Cabía la posibilidad de que el tren transportara pasajeros. No era nada raro para él, de los planetas que había visitado, a lo largo de todo su servicio de exploración, y que no figuraban dentro de los registros, en no pocos era recibido por ciudadanos alegres, y otras veces hostiles, que parecían estar acostumbrados a los visitantes. Aunque eso hacía el trabajo más complicado. Si había tales habitantes, tenía que constar en el informe.
     Pal descendió de su aeromóvil y permaneció a un lado de las vías, mirando las líneas paralelas que a lo lejos, hacia su izquierda y derecha, parecían tocarse en el punto del horizonte. Las copas de los árboles formaban un túnel a su alrededor, excepto inmediatamente por encima del recorrido del tren.
     Miró el cielo, de un azul como había visto en pocos mundos. Permaneció con la cabeza hacia arriba por varios minutos, viendo de vez en cuando algunas aves pasar, y las algodonadas nubes deshaciéndose lentamente. Hasta que una voz que no era de hombre ni de mujer lo sobresaltó:
     —¿Puedo llevarlo a algún lugar? —dijo la voz.
     Miró hacia uno y otro lugar y vio algo flotando sobre las vías. Era algo parecido a una cabina alargada, algún tipo de vehículo más pequeño que su aeromóvil, de ventanas transparentes y un par de asientos en el interior.
     Terence Pal se acercó con cuidado a las vías, teniendo precaución de no tocarlas. Examinó el extraño vehículo con atención.
     —¿No eres nativo de este planeta, cierto? —le preguntó el vehículo con la misma voz asexuada.
     Terence palpó el metal y plástico que conformaban en vehículo. Algunas partes de la estructura ya estaban oxidadas y rotas, y los asientos parecían que en otro tiempo habían tenido algún tipo de forro, pero éste se había desintegrado dejando un polvo amarillento, y los cojines tenían grandes agujeros y arañazos y mordiscos de animal.
     —No —respondió Terence. Al hablar no expulsaba ni tragaba aire por su boca ni nariz, sino que hacía vibrar una membrana dentro de su garganta. La membrana también estaba recubierta con parte del traje espacial, como el resto de su cuerpo, así no había ningún contacto con algún agente externo a él, excepto con el traje. Pensó un momento antes de formular una pregunta—: ¿Hay pobladores en esta zona? Acabo de llegar a este lugar y... —se encontró dándole explicaciones a una máquina, casi un pedazo de chatarra.
     —No. No hay personas en este lugar —respondió el vehículo—, excepto tú. Y como único humano presente, estoy para servirte.
     —¿No hay personas, sólo en esta ciudad o en el planeta entero?
     —En el planeta entero —dijo el vehículo casi como un eco.
     Terence se estremeció.
     —¿Desde cuándo no hay humanos en este planeta? —preguntó, y su voz tembló un poco.
     —Desde que algunos extranjeros llegaron y asesinaron a los sobrevivientes. La población de este planeta era de un poco más de un millón y medio en el año dos mil cuatrocientos según la cronología estándar.
     Terence activó, mediante un flujo voluntario de sustancias desde su cerebro, una grabadora de audio y video que usaba como receptores sus propios oídos y ojos, y comenzó a registrar lo que ocurría. Le parecía que no debía de perderse cada palabra que mencionaba el vehículo. La información se grababa en nanomáquinas que corrían por su torrente sanguíneo.
     —¿A qué te refieres con extranjeros? —preguntó Terence.
     —Humanos de otro sistema.
     —Eso fue hace cuatro mil años. ¿De dónde viene la energía con la cual operas?
     —De la central eléctrica autónoma —respondió la voz asexuada—, a un kilómetro de aquí.
     —¿Puedes contarme sobre los hombres que habitaron este planeta? —sus ojos se abrieron mucho. Esa parte del trabajo le correspondía a los que vendrían después, a los que indagarían entre las ruinas del planeta.
     —Puedo hacerlo —respondió el vehículo—, si así lo deseas. ¿Pero prefieres charlar mientras recorres la ciudad? Puedo darte un paseo.
     Terence Pal, primero con desconfianza y luego con convicción, subió al vehículo y se sentó sobre uno de los rotos asientos. Al dejarse caer sintió un mareo que le nubló la vista un momento. Pronto se recuperó pero permaneció una cierta sensación de nausea. El vehículo se empezó a mover y Pal vio el paisaje correr junto a él.
     —¿Cómo sabes estas cosas? —preguntó Pal—. ¿Tienes acceso a un sistema de datos?
     —Pertenezco al sistema de transporte planetario —respondió el vehículo—. Los habitantes de este planeta no sólo acostumbraban hablar con otras personas sino también con sus máquinas. Durante todo mi servicio llevé a setecientas cuarenta mil trescientos noventa y seis personas de un lugar a otro dentro y fuera de esta ciudad, muchas de esas personas en más de una ocasión. El setenta y tres por ciento de todos ellos sentían una necesidad psicológica de hablar con alguien durante sus recorridos. Por lo que me contaron muchos de ellos, antes de que hubiese transporte robótico los humanos servían como conductores y sus pasajeros tendían a hablar con el conductor, así que esa costumbre y necesidad psicológica permaneció. Todo lo que sé lo sé por lo que todas esas personas me contaron y le contaron a todas las demás unidades de transporte en el mundo entero. Nuestra información es compartida y permanece en la memoria global.
     Todo parecía tan etéreo, como un sueño. En sus décadas de servicio a la exploración del espacio, de los planetas potencialmente habitables, no se había encontrado con nada así. Ahora se hallaba con una máquina que sería la envidia de los antropólogos. La historia de ese planeta podría reconstruirse con gran detalle. Una civilización desaparecida cuando el ser humano apenas comenzaba a expanderse por el universo. Quizá se trataba de uno de los primeros planetas colonizados.
     Terence guardó silencio y dictó mentalmente parte del informe que entregaría a la Comisión. El dictado se guardaba digitalmente en una sección de su corteza cerebral, que sería descargada cuando hubiese regresado a su planeta.
     Admiró el paisaje por la ventana.
     —¿Y cuándo llegó el hombre a este planeta? —preguntó Pal.
     —La humanidad estuvo aquí desde que surgió como humanidad —fue la respuesta que recibió.
     Terence Pal sintió que le faltaba la respiración. Las cosas se volvían borrosas a su alrededor. Sintió algo en su pantorrilla derecha y vio lo que era. Había un rasguño en su traje espacial ultradelgado. La rasgadura llegaba hasta su propia piel. Sintió que iba a desmallarse. ¿Cuándo había ocurrido aquéllo?
     —Observo un comportamiento extraño en usted —dijo la voz asexuada—. ¿Se siente bien?
      Terence dio una orden a sus pulmones para que aumentaran la tasa de desintegración de las pastillas de oxígeno.
     ¿Qué había dicho el vehículo?
     El hombre, el hombre había surgido en ese planeta.
     Luego Terence habló:
     —Médico —su voz sonó muy débil, como un suspiro; la membrana de su garganta hizo vibrar sólo ligeramente el aire circundante. Se inclinó sobre sí mismo.
     —Lo siento —dijo el vehículo—, no hay servicios médicos.
     Dentro del cuerpo de Terence, los elementos simbióticos de glóbulos blancos y nanorobots comenzaron a atacar al virus que irrumpía dentro de él, pero éste último infectaba demasiado rápido a las células de todo el organismo. El tejido infectado era cada vez mayor.
     Terence sacó fuerzas para preguntar:
     —Has dicho que la humanidad surgió en este planeta. ¿Este planeta es la Tierra?
     La respuesta vino casi de inmediato:
     —Así era llamado por sus habitantes. Tierra.
     Terence sabía que en toda la galaxia, que para ese tiempo ya había sido conquistada y cartografiada en un 13 por ciento por todas las especies humanas, había más de 70 planetas cuyo nombre oficial era Tierra, y todas esas naciones reclamaban su título. Era una situación que la Alianza de Naciones quería evitar renombrando aquellos planetas que decían ser la verdadera Vieja Vieja Tierra.
     —No hay Luna —dijo Terence con voz casi inaudible, pero el vehículo lo escuchó a la perfección.
     —La Luna de la Tierra fue convertida en una gran nave espacial y propulsada al espacio medio siglo antes de que el hombre dejara de caminar sobre este planeta.
     ¿Cómo sé que dices la verdad?, pensó, pues ya se le hacía imposible articular palabra alguna. ¿Qué me asegura que este planeta es la Tierra?
     Y entonces pensó en la información que estaba a su propia disposición.
     Terence accedió a los datos de la nave principal que había dejado en órbita estacionaria, y éstos se descargaron como un torrente en sus nervios ópticos. Eran las imágenes que había no deseado ver, para no encontrarse con una geografía desconocida que no evocara en él más que un suspiro de resignación, pero lo que realmente le revelaban eran los contornos de los continentes tal y como él los había visto en los mapas que se conservaban de la Tierra.
     Terence sonrió y miró por la ventana. Todo este tiempo sólo había conocido de ella datos estadísticos y unas pocas fotografías y grabaciones, pero ahora estaba en ella, rodeado de ella. Con su dedo índice tecleó sobre su muñeca izquierda la combinación indicada para quitarse el traje. El recubrimiento ultradelgado de su cuerpo cambió la polarización de sus moléculas y Terence comenzó a desgarrar el traje con sus uñas. Era como si se arrancara una piel trasparente, del cuello, de la cara.
     Dio una profunda bocanada de aire cuando sus conductos respiratorios estuvieron libres. Era aire, aire de la Tierra. Había un suave olor a humedad y a vida. Se acercó a la ventana para sentir el viento correr por su rostro.
     Había visitado docenas de planetas, cumpliendo un trabajo necesario para el futuro de las especies humanas, pero ninguno de esos planetas era el que realmente anhelaba. Y ahora estaba allí. La Cuna del Hombre, la Vieja Vieja Tierra, de la que se habían contado mil y un leyendas pero de la que muy poco se sabía con certeza.
     Sólo se lamentó de que ya no podría llevar su informe a la Alianza de Naciones y decirles: “miren lo que he encontrado, habían buscado esto por mucho tiempo y allí está, flotando en el espacio donde siempre estuvo”.
     Sintió que el mundo se desvanecía.
     El vehículo de transporte siguió su recorrido sobre las vías magnéticas del tren. Las islas de viejos edificios se asomaban por encima de las copas de los árboles más altos. Más allá, el mundo rebosaba en vida, ya sin la presencia, sólo vestigios, de la inteligencia que vio nacer, excepto por un viajero de cien mundos, que al fin había encontrado su verdadero hogar.

4 comentarios:

  1. Muy buen texto, Damián. Tu estilo se va volviendo cada vez más depurado, te permites jugar más con las palabras, ser más creativo, poético. Eso es bueno, ya que el arte de narrar historias va más allá de la simple redacción. También me parecen notables los adelantos tecnológicos que imaginas, además de ser muy coherentes. Me imagino que esa es una de las ventajas de estudiar física.
    Solo me costó entender el motivo de la muerte de Terence. Sé que fue un virus, pero ¿por qué? ¿cual es la relación con el estado en que se encuentra el planeta?
    Espero tu respuesta.

    Saludos.

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    1. Yo también sentí que la historia adolece de una explicación de la naturaleza del virus. No explico eso y creo que ganaría fuerza al argumentarlo. Pues es un virus que afecta a humanos, que trajeron los extranjeros de los que habla el vehículo. Gracias por el comentario. En la página lo dejaré así como está pero explicaré mejor esa parte. Y sí, estudiar física tiene ciertas ventajas en cuanto a que la imaginación se basa en cosas que uno sabe, y si se tiene un cierto marco de lo que es físicamente permisible (y lo que no) las ideas pueden aprovecharse mejor.

      Saludos! :D

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  2. ¿Si en un relato surgen cosas que no son físicamente permisibles, no debería llamarse ciencia-ficción? Estrictamente hablando debería encuadrarse como relato fantástico, pero creo que muchas veces se utilizan cosas no permisibles porque lo importante del relato no es la cosa en sí, sino las reacciones,las consecuencias psicológicas,políticas, poéticas, o lo que sea que el autor quiere exponer.
    Bueno,me temo que no me he explicado muy bien, pero creo que me entenderás.
    En todo caso, buen relato. A mi me parece que está claro que algún tipo de virus traído por los "extranjeros" es el que mata al protagonista. Lo que me extraña es que su sofisticado equipo no lo haya detectado antes de salir a recorrer el planeta.

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    1. Creo entender lo que dices. Philip K. Dick se ha catalogado como un autor de Ciencia-Ficción blanda. Una de las características de sus historias es que incluía Ciencia en ellas pero ésta quedaba en segundo plano, pues su intención era abordar algún aspecto psicológico, sociológico, político, etc. Y eso sigue siendo Ciencia-Ficción.

      Qué bueno que te gustara. Javier me dijo que ese punto no estaba tan claro, tú me dices que sí lo está. Espero que alguien más comente para darme una visión más general.

      Saludos!

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